¿Es el riesgo el precio del progreso?
José A. López Cerezo, Universidad de Oviedo

Si hay algún tema en nuestro tiempo cuya importancia sea difícil de exagerar, el riesgo es ese tema. El mal de las vacas locas, la contaminación urbana y medioambiental, los efectos de la telefonía celular o del tabaquismo pasivo son algunas manifestaciones recientes de una problemática central para comprender la dinámica social contemporánea. Es otra forma de mirar al mundo actual profundamente transformado por el conocimiento científico y la innovación tecnológica: es la mirada a las amenazas generadas por esa transformación y puestas de manifiesto por ese conocimiento. Es el lado oscuro de la sociedad del conocimiento.

Como es conocido, la frase “sociedad del riesgo” fue introducida en 1986 por un sociólogo alemán, Ulrick Beck, en un libro del mismo título que ha sido traducido al español. Con esa frase, Beck hacía referencia a lo que entiende como nueva condición definitoria de la modernidad: la presencia constante de amenazas para la salud y la naturaleza. Para ese autor, si la distribución de la riqueza, la distribución de bienes, era el eje de estructuración social en la sociedad del pasado, hoy ese eje tiende a ser la distribución de riesgos, la distribución de males.

Sin embargo, no se trata sólo de que hoy tengamos de vivir con más o mayores peligros que en el pasado. La peligrosidad actual es de un carácter muy distinto. Suelen indicarse tres notas definitorias. En primer lugar, hoy tenemos que hacer frente a amenazas de naturaleza catastrófica, que pueden afectar a buena parte de la humanidad. Son amenazas que, a diferencia de los males de pasado, ya no respetan las fronteras entre clases sociales, entre países o entre generaciones. Algunos ejemplos son las catástrofes nucleares, el deterioro de la capa de ozono, los derramamientos de petróleo o los priones del mal de las vacas locas. En segundo lugar, el riesgo hoy se encuentra en el centro de la vida cotidiana a nivel individual. Ante la diversidad de cursos de acción que abre el actual desarrollo científico-tecnológico, las tradiciones vinculantes del pasado han perdido hoy la fuerza para regular la conducta individual, y tenemos que hacer frente constantemente a decisiones arriesgadas en nuestras vidas. Por ejemplo al decidirnos en el supermercado por un tipo de carne, exponernos a una técnica médica o encender un cigarrillo light. Y, en tercer lugar, las amenazas actuales ya no se conceptualizan como peligros, es decir, como daños inevitables. Prácticamente todos los males que hoy nos amenazan son entendidos como riesgos, es decir, como daños que resultan de la acción o de la omisión de la acción de algún ser humano. En el pasado, y quizá todavía en algunas culturas fuertemente ancladas en la tradición o en los márgenes remotos de la industrialización, los males se atribuían al destino, a la naturaleza o a alguna voluntad sobrenatural. Hoy son motivo habitual de atribución de responsabilidad a algún actor social.

Estos tres rasgos hacen de nuestra sociedad una sociedad del riesgo. El papel de la ciencia y la tecnología en este estado de cosas es central, pues la mayoría de los riesgos que hoy nos asolan son de origen tecnológico. Irónicamente es la ciencia la que pone normalmente al descubierto estos mismos riesgos.

Puede así comprenderse que los males actuales sean objeto frecuente de imputación de responsabilidad. Esto ha hecho del riesgo un banderín de enganche para la movilización social en la sociedad actual. Pensemos, por ejemplo, en el movimiento antinuclear, como caso pionero. Frente a esto, un discurso habitual para hacer frente a esa atribución de responsabilidad es el que presenta el riesgo como el precio de la modernidad, como el tributo inevitable a pagar por el progreso. Ya no se habla de la naturaleza, del destino o de los dioses como origen de las amenazas. Pero se intenta eludir la responsabilidad política o legal atribuyendo los riesgos a una nueva entidad metafísica: la inevitable modernización.

Obviamente, lo que está detrás de esa entelequia es el viejo mito de la máquina, en expresión de Lewis Mumford, es decir, la creencia de que la tecnología (que de hecho tenemos) es tanto inevitable como benefactora en última instancia. Sin embargo, aunque hoy no podemos prescindir en general de la tecnología en un mundo superpoblado, sí tenemos la opción de elegir entre diversas tecnologías para la satisfacción de las distintas necesidades humanas, cada una con diversos tipos de impactos y distintas posibilidades de intervención correctiva por parte de los agentes sociales. Es por tanto incorrecto y peligroso decir que el riesgo es el precio a pagar por el progreso. Pues, si bien el riesgo es hoy en gran medida inevitable, dado que intentar eliminar riesgos en una parte del sistema habitualmente genera o aumenta otros riesgos en otra parte del sistema (del mismo tipo o no, para la misma población o no), lo que realmente está en cuestión es el tipo de riesgos generados (voluntarios o no, catastróficos o no, compensables o no, …) y los grupos que se benefician o resultan afectados por esos riesgos, es decir, el carácter y la distribución del riesgo. Presentar el riesgo como el precio del progreso es ocultar esta importantísima dimensión del riesgo en el mundo actual, e intentar eludir el conflicto social y la atribución de responsabilidad.

El riesgo, la sociedad del riesgo, es el precio de la sociedad del conocimiento, de la búsqueda del mismo poder que condenó a Adán, Fausto o el Dr. Frankenstein. Pero los riesgos que hoy nos acompañan no son inevitables: los riesgos no son el precio del progreso pues son muchos los futuros posibles para la evolución del conocimiento y el desconocimiento.

La particular sociedad del conocimiento vaticinada por algunos analistas sociales, paralelamente a su contraparte la sociedad del riesgo, no es un destino inevitable en la modernización de nuestros países, de modo que tengamos que descubrir sus tendencias evolutivas para adaptar las realidades locales o regionales. No es una ola inescapable ante la cual sólo proceda estar prevenidos, un imperativo al que tengamos que adaptar nuestros valores y costumbres. Nosotros somos, o deberíamos serlo, los sujetos activos de esa sociedad. Las nuevas tecnologías emergentes, y los modos de regulación política de las mismas, presentan un margen de flexibilidad que justifica hablar de un futuro abierto. Decir que el riesgo nuclear o de la liberación ambiental de OMGs es el precio de la modernización, como decir que la meritocracia o la patente del genoma humano es el coste de una inevitable sociedad del conocimiento, es hacer una simplificación abusiva y peligrosa.

Podemos, en principio, construir muchas sociedades del conocimiento y del riesgo, algunas más justas socialmente y otras menos, con impactos de uno u otro tipo sobre las condiciones vida, con efectos más o menos severos sobre el entorno natural. Recobrar el protagonismo en el modelado tecnológico de nuestro futuro requiere promover la cultura científica y crear los medios que faciliten y estimulen la participación ciudadana.

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