Cuando Plutón fue degradado

José Antonio López Cerezo es Catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Oviedo y miembro de la Comisión Asesora de Expertos de la OEI

Hace ahora casi diez años tuvo lugar una pequeña conmoción en nuestra visión del universo cercano. En su reunión de Praga de agosto 2006, la Unión Astronómica Internacional tomó una decisión que fue noticia en todo el mundo y que, más que enseñarnos algo nuevo sobre la naturaleza del universo, nos enseña algo sobre la naturaleza del funcionamiento de la ciencia. Plutón, descubierto en 1930 por el astrónomo norteamericano Clyde W. Tombaugh, fue degradado desde su condición de planeta a la de simple “planeta enano” – un cuerpo planetario que, como los asteroides, no alcanza la categoría de planeta. Era una noticia triste para muchos.

Pocas cosas son más familiares y proporcionan más confianza existencial que las listas de reyes, planetas, reinos, periodos geológicos o tablas de multiplicar que aprendimos en la escuela. Pero la ciencia es la ciencia, y la Unión Astronómica, tras un largo y controvertido debate precedido de dos años de discusiones, decidió en Praga que el tamaño de Plutón no lo acreditaba a seguir perteneciendo al club plantario de nuestro sistema solar, sobre todo después del descubrimiento de otros cuerpos planetarios con un tamaño superior al de Plutón y no incluidos en la célebre lista tradicional de 9 planetas.

Técnicamente la decisión estaba basada en que un planeta auténtico debe tener el tamaño suficiente para "despejar el entorno de su órbita". La decisión ha obligado a revisar y modificar libros de textos, enciclopedias y recursos educativos en todo el mundo. En la mitología romana, Plutón era el dios del inframundo, un lugar de tormentos eternos similar al infierno cristiano. A su palacio del Tártaro ha vuelto después de la decisión de la Unión Astronómica.

Es un suceso que también debería motivarnos a revisar nuestra tradicional imagen de la ciencia, pues pone de manifiesto una característica de la ciencia que no siempre es adecuadamente reconocida: en ciencia no sólo se descubre, también se decide, y a veces esas decisiones no son consensuadas. Como en 1974, cuando la Asociación Psiquiátrica Americana tuvo que decidir en votación si seguía o no incluyéndose la homosexualidad en el Diagnostics and Statistics Manual of Mental Disorders y por tanto considerándose enfermedad mental, o bien pasar a ser vista como una simple opción personal. La ciencia no es el resultado inapelable de la aplicación de un método; la ciencia habla con muchas voces, a veces discrepantes entre sí.

Las teorías y conjeturas científicas, así como sus sistemas clasificatorios, no constituyen un simple reflejo del mundo real, que va paulatinamente desvelándose gracias al afán de los investigadores. Son también el producto de controversia, la negociación, la persuasión y otras formas de interacción social. Es un rasgo que convierte a las teorías en convencionales, aunque no en arbitrarias. Es convencional asumir un cierto criterio técnico para atribuir la categoría de planeta a un cierto cuerpo, más bien que otro criterio técnico alternativo, asumiendo así 8 planetas en lugar de 12 o de otro número. Pero no es una decisión arbitraria: se justifica sobre la base de elementos de juicio como la simplicidad, la coherencia, aplicabilidad de las leyes y la fertilidad teórica.

En ciencia, al igual que el mundo ordinario, hay buenas y malas razones, y ver las cosas de un modo más bien que de otro no sólo es cuestión de la capacidad negociadora y retórica de unos y otros grupos rivales, sino también de utilizar los mejores modelos, protocolos, instrumentos y técnicas. Como en la resolución del crucigrama en un diario, los científicos se afanan en buscar respuestas adecuadas para los interrogantes que plantea la naturaleza. Pero, a diferencia del diario, la respuesta correcta no se encuentra en las páginas finales ni en una edición futura. Si bien son plausibles diversas combinaciones, no todo es posible y hay propuestas mejores y peores. Saber encontrarlas y distinguirlas es el objetivo de buena parte de la formación y adiestramiento del científico, y su deber es elaborar buenos argumentos para defenderlas y mantener un sano escepticismo ante esas voces discrepantes.

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