CooperaciónIB - El papel de la divulgación. Sobre la vocación científica: el científico ¿nace o se hace?

Circunstancia. Año VI - Nº 15 - Enero 2008
Antonio Flores Moya
Resumen:

¿Es la vocación científica innata o adquirida? Se argumenta en contra de que la vocación científica sea fruto de la herencia, y discute a favor del efecto de las experiencias personales en la aparición de dicha vocación. Este es un ejemplo más del debate entre lo heredado y lo asimilado (“nature” versus “nurture”). Por último, se discute el papel de la divulgación científica en el despertar de la vocación científica.

Palabras clave:
divulgación científica, experiencias personales, herencia, vocación científica.

Abstract:
To have a vocation for science: innate or acquired? Arguments against the idea that to have a vocation for science, is a consequence of heredity are presented. On the contrary, it is proposed that vocation is originated by personal experiences. This is a example of the open debate on nature versus nurture. Finally, the role of scientific divulgation, as a tool to generate to have a vocation for science, is discussed.

Keywords:
heredity, personal experiences, vocation, scientific divulgation.

1. ¿Se tiene o se adquiere la “vocación científica”?

Entre las varias definiciones que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua contempla para el concepto “vocación”, la que cabe aplicar a nuestro caso es “inclinación a cualquier estado, profesión o carrera”. En el caso de la “vocación científica”, ¿cómo se origina la inclinación o apetencia a la que hace referencia la definición?, ¿estamos ante cualidades innatas, es decir, forma parte del lastre de nuestra herencia genética, o es una aptitud modulada por las experiencias personales? El debate sobre la influencia entre lo heredado y lo adquirido, para llegar a ser lo que somos (“nature” versus “nurture”), forma parte de una controversia científica aún no resuelta que se aplica a muchos ámbitos de los seres vivos y, por ende, también a la naturaleza humana[1,2].

Voy a usar el caso que mejor conozco para discutir como se fraguó mi vocación científica. En mi calidad de Profesor titular de universidad del área de Botánica mi actividad laboral se desarrolla, complementando a mi actividad docente, en la investigación. Si las causas que han llevado a que sea investigador estuviesen bajo reglas deterministas (y aquí se incluiría, como base fundamental, una capacidad innata para ser investigador) convendría desentrañarlas para, por ejemplo, reconocerlas en otros individuos y promover la formación de más investigadores (no es necesario resaltar que, en España, es uno de los gremios donde faltan más profesionales). Lo mismo se podría plantear un gestor de recursos humanos que tuviese como objetivo conseguir, por ejemplo, más registradores de la propiedad, o un número suficiente de cultivadores de champiñones, o de cualquier otro profesional que hiciere falta. Este mismo razonamiento, aliñado con un perverso discurso totalitario, llevó al planteamiento de conseguir superhombres durante el Tercer Reich de Hitler. Es evidente que con estos ejemplos burdos pretendo desmontar el argumento de la existencia de un hálito innato, determinista, por la cual llegamos a ser lo que somos. Los profesores solemos equivocarnos en la creencia de que los logros de nuestros hijos son causa de los genes que les hemos transferido, mientras que los éxitos de nuestros alumnos son efecto de nuestras magistrales clases. Bien al contrario, y en mi caso como ejemplo, las experiencias personales fueron las que motivaron la elección de mi profesión actual, las cuales se pueden separar entre las que se generaron sin mi intervención ni elección previas (factores estocásticos) y el ser, como cada uno de nosotros es, hijo de su tiempo. La idea de una vocación científica innata carece de fundamento. Cada uno de nosotros es tabula rasa en sus inicios, y tiene la potencialidad de desarrollar muchas aptitudes a lo largo de su vida[3,4]. También, vocación científica.

2. Factores estocásticos y contingencia histórica como fuerzas modeladoras de la vocación científica

Nuevamente hago un ejercicio de introspección. Entre los factores de azar que me han llevado a trabajar en Ciencia se encuentran la esfera familiar en la que me crié; ciertas lecturas y programas de televisión que disfruté en mi infancia; tener que decidirme cuando cursaba el BUP entre “ciencias” y “letras” cuando aún carecía de la madurez personal y de los conocimientos necesarios; las buenas clases de algunos profesores (y las malas, que también las hubo, de otros; en este caso, actuando como estímulo para no dedicarme a las materias que impartían); optar a elegir entre las distintas carreras universitarias (y no eran todas las posibles) que se ofertaban en la universidad de la población donde estudié; y, sin lugar a dudas, muchas más que ahora no llego a reconocer pero que seguro que acontecieron. A fin de cuentas, y parafraseando a García Márquez en sus memorias, la vida fue como la recordamos, no necesariamente como aconteció[5].

Más oscuro de desentrañar es reconocernos hijos de nuestro tiempo, y ser frutos de contingencias a lo largo de nuestra vida. El hecho de ser parte de una coyuntura histórica nos hace que, de entre todos los posibles roles que podríamos asumir, sólo podemos ser actores de una gama limitada. En algunos casos, la coyuntura histórica posibilitó la emersión simultánea de grandes creadores en el Renacimiento, pero también la ausencia de espíritu creador, por ejemplo, durante la Edad Media. En mi caso, mi adolescencia y juventud se desarrolla durante la emersión de la “cultura verde” en España y la aparición del movimiento ecologista como fuerza social. La seducción de la naturaleza, el denunciar su destrucción, la salvaguarda de especies y ecosistemas, motivaron que, durante muchas años, las aulas de la Licenciatura de Biología estuviesen masificadas, formando a más biólogos de los que necesitaba España. Y yo era un elemento más de esa masificación.

Uno de los ejemplos más ilustrativos de cómo un suceso del pasado puede modular la vocación científica lo encontramos en el caso del gran entomólogo Edward O. Wilson, quien también es padre de la Sociobiología y de contribuciones muy relevantes en Biogeografía. Perdió la vista de su ojo derecho como consecuencia de clavarse la espina de la aleta dorsal de un pez mientras pescaba cuando era niño. Luego, en la adolescencia, tal vez como consecuencia de un defecto hereditario, perdió la capacidad de oír las frecuencias más agudas. En consecuencia, como no veía ni oía con la misma facilidad que sus compañeros de estudio decidió que “…la atención de mi ojo bueno se concentró en el suelo. A partir de entonces, dedicaría mi vida a los seres pequeños, a animales que uno puede agarrar entre el índice y el pulgar y acercárselos a la cara para examinarlos de cerca”[6]. Su monografía sobre las hormigas[7] ha sido uno de los cinco libros de tema científico que han recibido el premio Pulitzer.

Volviendo a mí, en particular, la fusión de la influencia del azar, y del tiempo histórico en el que me tocaron vivir, me llevaron a estudiar Ciencias Biológicas. Es decir, la vocación científica no estaba en mi patrimonio genético sino que, una vez que mis apetencias fueron siendo moduladas y me encaminaron hacia la biología, mi capacidad me hizo desarrollarlas a través del estudio. En consecuencia, cualquier evento del pasado, distintos de los que viví (o recuerdo que viví) podría haber hecho que hoy me dedicase a cualquier otra profesión.

3. La divulgación como factor en el despertar de vocaciones científicas

Es paradójico contrastar que, habiendo crecido durante una coyuntura en la que los medios de comunicación tenían una oferta paupérrima en ciencia en comparación con los momentos actuales (con mi infancia y adolescencia transcurriendo en los setenta del pasado siglo), su influencia haya sido mucho mayor en los de mi generación que, por ejemplo, en mis alumnos de inicios del siglo XXI. Veíamos en la televisión los capítulos en blanco y negro de “El Hombre y la Tierra ” de Félix Rodríguez de la Fuente con devoción casi religiosa, y sumergirnos con el “Mundo Submarino” de Jacques Cousteau nos hacía desear dedicarnos a observar la miríada de organismos que medran en los océanos. Nuestro imaginario infantil y juvenil se pobló con Naturaleza y de personas que observaban a los animales y los estudiaban. Y queríamos ser como ellos. En esta misma línea, leía hace poco las declaraciones del director del observatorio astronómico del Vaticano, quien manifestaba que la retrasmisión televisiva de la llegada del hombre a la Luna , en julio de 1969, le había marcado tanto que encaminó su interés hacia el estudio del Cosmos[8].

Los estudiosos de los medios de comunicación de masas tienen aquí material para reflexionar, pues la calidad y la cantidad de la oferta audiovisual actual no ha generado un despertar de vocaciones en la misma proporción. Con toda seguridad, el problema no atañe exclusivamente a las posibles vocaciones científicas que puedan despertarse a través de los medios de comunicación, pero es indudable que su papel es el más relevante, junto con el del sistema educativo, en la creación de vocaciones encaminadas hacia la Ciencia. Esta misma reflexión debería ampliarse a todas las esferas sociales, desde la familia hasta cualquiera otra cuya responsabilidad recaiga en la Administración Pública o en estamentos privados. Sin una colaboración y estímulo para despertar vocaciones, no podremos asegurar el fichaje de futuros investigadores ya que éstos no se forman por generación espontánea. Lo único que se puede hacer es despertar la curiosidad y el ansia de conocimiento de potenciales investigadores. La selección natural (en forma de mercado laboral, oposiciones, etc.), y el azar, harán el resto.

Los medios de comunicación deben jugar un papel mucho más activo que el que juegan actualmente. En la prensa de difusión nacional sólo es posible encontrar el seguimiento de noticias científicas, de forma regular, en muy pocos diarios. El panorama es mucho más desolador si atendemos a la “reina de los hogares”, la televisión. En las cadenas públicas o privadas de acceso gratuito apenas se emiten programas cuyo contenido sea medianamente serio. En el mejor de los casos, los programas se emiten a horas intempestivas, o bien se banaliza la Ciencia haciéndola prima hermana de “shows” casi circenses. La divulgación de calidad de la ciencia debe entenderse como una necesidad social y una inversión de futuro a fondo perdido. No deberían escatimarse recursos para que esto sea así. Es muy probable que nos llevásemos una desagradable sorpresa si hiciéramos una encuesta para saber qué porcentaje de la población sabe lo que se celebra en el año 2007. ¿Se ha desaprovechado este año para haber hecho buena divulgación y despertar posibles vocaciones? Me temo que sí.

Bibliografía

[1] Ridley, M. (2003) Nature Via Nurture: Genes, Experience, and What Makes us Human. Harper Collins.

[2] Carlson, N. R. et al. (2005) Psychology: the science of behaviour (3rd Canadian ed) Pearson Ed.

[3] Pinker, S. (2002). The Blank Slate. Penguin.

[4] Kalisman, N. et al. (2005) The neocortical microcircuit as a tabula rasa. Proc. Natl. Acad. Sci. USA 102, 880-885.

[5] García Márquez, G. (2002) Vivir para contarla. Mondadori.

[6] Wilson, E. O. (1996) El naturalista. Círculo de Lectores.

[7] Hölldobler, B. and Wilson, E. O. (1990. The Ants. Harvard University Press.

[8] EL PAÍS, Entrevista: desayuno con … José Funes. (05/12/2007) (http://www.elpais.com/articulo/ultima/descarto/haya/seres/universo/elpepusoc/20071205elpepiult_1/Tes)

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