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De la ciencia a la tecnociencia (III). Y, al final, tecnociencia

José Antonio Acevedo Díaz

La intensificación de las relaciones entre ciencia y tecnología a través de los tiempos ha conducido a su fusión como tecnociencia en el mundo contemporáneo. Este término fue introducido por Bruno Latour para su uso en la metodología de los estudios sociales sobre ciencia y tecnología, pero hoy está muy difundido en otros muchos ámbitos. De manera general, puede decirse que la tecnociencia designa el conjunto de actividades de I+D+I en las que ciencia y tecnología están imbricadas profundamente y se refuerzan entre sí para conseguir un beneficio mutuo en sus procedimientos y resultados.

La tecnociencia surgió hacia el último cuarto del siglo XX por evolución de la big science y gracias al impulso de algunas grandes empresas de EE.UU., habiéndose expandido luego con mucha rapidez por otros países desarrollados. Big science y tecnociencia tienen rasgos comunes, pero también diferencias. Así, mientras que la investigación básica representó un papel importante en la big science, en la tecnociencia destaca sobre todo la instrumentalización del conocimiento científico para cumplir el objetivo de lograr innovaciones tecnocientíficas comercialmente rentables. Otras características distintivas de la tecnociencia son: el predominio de la financiación privada sobre la pública en las actividades I+D+I, la importancia relativamente menor del tamaño del proyecto y de los equipos e instrumentos, su carácter multinacional, la conexión en red de los laboratorios mediante el uso de tecnologías de la información y comunicación, la pluralidad y diversidad de agentes tecnocientíficos, etc.

La tecnociencia ha transformado la estructura de la práctica científica-tecnológica en todas sus dimensiones y ha incorporado nuevos valores a la actividad científica. La tecnociencia suele producir un conocimiento instrumental que es: patentable vs. público, privado/local vs. universal, prosaico vs. imaginativo, pragmático vs. autocrítico, e interesado/parcial vs. desinteresado.

En las últimas décadas, los intereses políticos y económicos han establecido un marco nuevo, caracterizado por la aparición de redes internacionales, con formas organizativas novedosas, que controlan una buena parte del conocimiento básico o esencial, así como la difusión de ideas y resultados en campos estratégicos de la investigación punta. Así, la mayoría de los científicos académicos que investigan hoy subvencionados por las empresas o las instituciones gubernamentales tienen que pedir autorización para publicar sus trabajos. Las nuevas relaciones surgidas entre la investigación básica realizada por la ciencia académica y la investigación tecnológica, han dado lugar a un híbrido entre la ciencia académica y la ciencia industrial, que es un componente más de la tecnociencia contemporánea.


Shocley, Bardeen y Brattain

En este marco, los científicos académicos cada vez tienen más como compañeros de viaje a políticos e industriales. A finales del XIX, algunos científicos abandonaron la ciencia académica y empezaron a trabajar para los laboratorios industriales. Durante los años 60 y 70 del siglo XX, en un mundo en el que los negocios y el dinero representaban un valor material y cultural, unos cuantos científicos se decidieron a traspasar las fronteras académicas del mundo universitario de manera mucho más radical, convirtiéndose ahora ellos mismos en empresarios. Un antecedente fue Shockley, uno de los descubridores del transistor en 1947 junto a Bardeen y Brattain en los laboratorios de la Bell Telephone, que fundó en 1955 su propia compañía, el Shockley Semiconductor Laboratory. Animados por los políticos y los promotores industriales, más científicos han llegado a constituir sus propias empresas, en las que se realiza a la vez la investigación y comercialización de sus productos tecnológicos en áreas de investigación punteras. De este modo, se han ido creando mercados en campos como la biotecnología, las telecomunicaciones, los nuevos materiales, la robótica, la inteligencia artificial, el hardware y el software científico, etc. Por ejemplo, la ingeniería genética comercial nació en 1979, cuando una pequeña empresa de investigación en genética, llamada Genetech, sacó con gran éxito sus acciones al mercado. En la década de los 90, puede servir como ilustración el caso del bioquímico estadounidense Craig Venter, relacionado con la investigación del Proyecto Genoma, las patentes de genes y de secuencias de segmentos del genoma humano, las compañías de la industria biotecnológica, como Celera Genomics, y los aspectos éticos y demás valores implicados en estos asuntos.

Para esta nueva alianza entre la ciencia y la tecnología, muchos dicen: ¿qué puede ser mejor que una tecnociencia? Sin embargo, aunque la tecnociencia ha ido aumentando desde los años 80 del siglo XX, y sigue creciendo durante el XXI, la ciencia que no sigue ese patrón aún se sigue practicando en buena medida, así como la tecnología que no es tecnociencia.

 

 

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